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Disquisiciones de un “exquisito” ante una jornada electoral

El diario Público del pasado 21 de enero incluía unos comentarios acerca de la encuesta continua sobre intención de voto en las elecciones legislativas de marzo, que hacía referencia a los “votantes exquisitos” a los que el PSOE habría de hacer un guiño durante la campaña para que acudieran a las urnas, englobando en tal categoría “al votante informado” reacio a movilizarse, dada la extremada complacencia conservadora del gobierno durante la presente legislatura en temas como el aborto, Iglesia Católica, etc. El propio calificativo, “informado”, invita a reducir la condición de elector a la de comprador –los mercados eficientes con información, sobre los que tanto se publica-, pareciendo dar por hecho que no existan ciudadanos politizados que conforme los años pasan contemplan con desesperanza la reinterpretación de los principios de igualdad y libertad desde un cada vez más conformista posibilismo.

 

Desde luego, hay ciudadanos con suficiente información como para constatar que los amos del mundo controlan hasta nuestro más leve suspiro, manejando los hilos de unas marionetas a las que hacen jugar papeles aparentemente antagónicos, pero que defienden en lo sustancial idénticos intereses económicos. La irreflexiva carrera por mantener el actual estado de cosas: un desarrollo basado en un nivel de consumo viable solamente -y me paso de optimista- para la cuarta parte del planeta, es común a cualquiera de las opciones con posibilidades de gobernar y coincide, por muy panfletario que suene, con los intereses de la banca y las grandes corporaciones.

 

La desigualdad, tanto entre países como dentro del mismo país, es cada vez mayor, lo que no es óbice para que incluso los gobiernos en teoría socialdemócratas cuestionen los clásicos mecanismos de redistribución (la supresión de determinados impuestos, sobre todo los ligados a las herencias, tan defendidos ya no por el socialismo clásico, sino por los ilustrados), y en vez de hacer políticas efectivas tendentes a disminuir algo tan medible y palpable como la pobreza, hagan juegos malabares con santificadas cifras macroeconómicas, obtenidas en base a modelos más que cuestionables, aunque la contumaz realidad demuestre una y mil veces cómo el crecimiento del PIB no tiene ningún efecto apreciable sobre los ciudadanos no ligados a algún consejo de administración o carentes de una importante cartera de valores.

 

Con el reblandecimiento del discurso, bien enterrado Marx, el proceso productivo parece responder a las benévolas intenciones de los empresarios que tienen a bien crear empleos precarios, sin que nadie pueda poner límite a sus ganancias ni decidir sobre las reinversiones no especulativas. Las amenazas de deslocalización y otras más o menos veladas, que tienen como objetivo mantener a cualquier precio –de la fuerza de trabajo- las altas cuotas de ganancia, son interpretadas por los sindicatos en clave de diálogo responsable, que no significa otra cosa que el sometimiento del trabajador a exigencias cada vez más impertinentes. El resultado es la continua merma del poder adquisitivo y unas condiciones laborales tan impensables hace veinte años como lo serán las de hoy dentro de otros veinte, a no ser que el proletariado, pongamos por caso, de Europa del Este y de China se libere de sus nada metafóricas cadenas.

 

El caso es que, para los que creemos que el mundo podría ser otro, no existe diferencia sustancial entre la política económica de la derecha y de la izquierda posibilista, parlamentaria o como se le quiera llamar. Es más, no existen mecanismos constitucionales que permitan tomar medidas de gran calado sobre las desorbitadas ganancias de la banca o sobre la especulación del suelo e, incluso después de muchos años de democracia, seguimos observando, ya sin escandalizarnos, cómo todo tipo de mafiosos, algunos políticos corruptos y conseguidores de diverso tipo disfrutan de los privilegios de un Estado de derecho, como no podía ser de otro modo, para pasear con todo descaro los signos externos de su inexplicable fortuna, saliendo la mayoría de ellos indemnes de los procedimientos e investigaciones en las que estuvieron incursos. Son fallos del sistema que el imaginario colectivo considera tolerables, como también lo son los miles de muertos en accidentes laborales (¿cuántos responsables han ido a la cárcel?) y de tráfico. Me pregunto qué pasaría si el PP, los medios de la derecha o el sindicato de tertulianos, y no sólo ellos, le hubieran dado la centésima parte de importancia a estos muertos que la que le dieron a los que en los últimos cuatro años causó ETA, y si los jueces y la policía hubieran mostrado la misma diligencia en sus investigaciones, y en la aplicación de las leyes, que la que mostraron para dictar las desmesuradas penas contra el llamado entorno de ETA, o para, utilizando el mismo cuerpo doctrinal, exonerar a Botín y condenar a Atutxa.

 

Parece como si los que de verdad mandan en el mundo, las grandes corporaciones controladoras también de los medios y las agencias de noticias, establecieran en cada situación y momento la barrera entre la “crítica sana” y las salidas de tono, englobando bajo esta última rúbrica las opiniones que generalmente se mantienen fuera de los medios y contra las que, en las escasas ocasiones en que aparecen, el ponderado pensamiento monolítico despliega toda una taxonomía descalificadora, tildándolas ya sea de decimonónicas –si reivindican el racionalismo en temas religiosos-, apología del terrorismo -si se muestran inflexibles contra la tortura o contra la criminalización de la efectiva libertad de expresión- propias del izquierdista trasnochado -si osan denunciar los desmadres del imperialismo en África o América, o suscitadoras de todo tipo de recomendaciones paternalistas -nunca es el momento y siempre se le hace el juego a algún reaccionario impresentable- si se trata de cuestionar la vigencia de una institución tan irracional, caduca e impúdica como la monarquía.

 

Admitiendo que el referente ideológico yace completamente escorado hacia la derecha, lo cierto es que existen matices, y se nos presenta en cada proceso electoral la cara y la cruz de la misma moneda: la incuestionable política económica que en última instancia, como decía el tan bien enterrado, condiciona todo lo demás. Pero, los de la cruz, del ganchete de los obispos, de rancios conceptos patrio-hispánicos –no muy distintos de los del recuperado Bono- y con modos absolutamente ultramontanos, nos hacen caer en el espejismo -y yo soy el primero en aceptarlo-, de que es fundamental vacunarse contra discursos y modales difícilmente consonantes con el actual estado evolutivo del homo sapiens, y así, aunque la vida se nos pase por delante sin contemplar grandes avances en la consecución de una sociedad más justa, nos vemos en la tesitura de hacer todo lo posible para que no nos devuelvan a la caverna, y poder disfrutar por lo menos de ciertos derechos democráticos que en cierto sentido ya anunciaban los iluminados de finales del XVIII. En consecuencia, el “yo no vuelvo a votar”, eyaculado entre elección y elección más veces de las que negó San Pedro, se convierte en vísperas de la jornada electoral en una toma de posición táctica, tan respetable cuanto menos como la de quien defiende las siglas de un partido político con la misma vehemencia con la que el forofo defiende la de su equipo.

 

Por lo tanto, es circunstancia cada vez más habitual que para decidirse por unas determinadas siglas, el ciudadano abandonando por unos minutos el escepticismo, y no la exquisitez, escoja las que le parecen menos malas. Y desde lo menos malo hasta lo completamente descartado, existe una gradación que debería ser plasmada a la hora de elegir. Algo de esto es lo que contempla el sistema electoral irlandés, que fue instaurado para no primar excesivamente a los grandes partidos y, mediante la posibilidad de escoger varias opciones, tenía como fin que los protestantes obtuviesen representación en el parlamento, reflejando, en todo caso, mucho mejor la compleja realidad electoral que la nuestra ya incuestionable regla D´Hont.

 

Proclamarse ganador de las elecciones por ser el partido más votado no deja de ser una media verdad, o una gran mentira: a veces el más votado es el más denostado. Hay teoría suficiente para concluir que ningún sistema electoral es perfecto -las consecuencias de la paradoja de Arrow son ilustrativas a este respecto-, pero entre todas las posibilidades existentes, unas recogen mejor que otras las querencias del electorado; la regla D´Hont es de las peores, y no parece que exista ningún interés por cambiar el sistema de adjudicación de diputados o concejales. Pero, si cada vez es más gente la que reconoce decidirse por la “opción menos mala”, es el momento de adaptar el sistema de votación, y así, si la máxima de un Estado de derecho es “ningún inocente debe ser condenado” -aunque las garantías procesales puedan conducir a que algún culpable quede libre-, la regla de oro de un sistema de adjudicación de escaños debería ser: jamás podrá gobernar un partido que más de la mitad de los votantes escogen cómo última opción. La solución sería tan fácil como que en la papeleta de voto, en vez de la opción única, pudiéramos ordenarlas todas según preferencias, y hacer el reparto de escaños de acuerdo con la puntuación alcanzada por cada partido, incluso utilizando la regla d´Hont. De esta manera todos los votos contarían y se podría comprobar como la opción más votada, según el sistema actual, podría ser también la más vetada, o sea, aquella por la que una clara mayoría no habría querido ser gobernada, y a este respeto sí que el PP lleva todas las de ganar. Es por eso que, como el sistema es el que es, los pactos postelectorales, más allá de la repetición de latiguillos y de dogmas tertulianos, deben garantizar la querencia de la parte del electorado que vota exclusivamente para inclinar la balanza en el sentido de que no gobierne una derecha que ni siquiera renegó claramente del fascismo.

 

Aún así, esperando que el PP no consiga mayoría en el Parlamento, algunas medidas en el sentido de moralizar la vida pública bastarían para colmar las escasas expectativas de los votantes escépticos, de manera que en próximas convocatorias les fuese más fácil acudir a las urnas. En primer lugar, no estaría de más que la “clase política” –durante muchos años me he negado a utilizar el término, pero la realidad ha mostrado que poco tienen que ver los políticos, más o menos profesionales, con el resto de los ciudadanos-, dejara de presentarse como una logia en la que cierto tipo de prebendas y canonjías se asumen con la mayor naturalidad: Consejos de TV, y similares, liquidación de ocho mil euros por fin de legislatura, puestos en el Senado, o en el Parlamento Europeo, para colocar a damnificados cuya única obligación es cobrar a fin de mes, etc.

 

También sería recomendable un exquisito cuidado en alejar de los cargos de alta responsabilidad a personas con importantes intereses financieros. Sin dudar de su honorabilidad, difícilmente se puede sentir identificado un votante de izquierdas con alguien que dirija la política educativa, pongamos por caso, y preste gran dedicación a su cartera de valores, aunque sea por vía marital. Por muy legal que esto sea, la estrecha amistad de Felipe González con Carlos Slim –primera o segunda fortuna del mundo, según qué fuente se consulte- junto con los casos de los líderes socialistas europeos Tony Blair, fichado por el banco JP Morgan con un sueldo descomunal, y Gerhard Schröeder, metido hasta el tuétano en los negocios del gas ruso, debieran servir de revulsivo para llevar a cabo una seria reflexión en este sentido.

 

Sin tener que acudir a los casos más escandalosos, como los de aquellos que aprovechándose de los cargos de responsabilidad, en sindicatos y en las más diversas corporaciones, se forraron sin ningún tipo de miramientos, hay muchas maneras de afrontar la existencia, y uno ya es lo suficientemente viejo para distinguir entre aquellas personas, algunas de ellas nada radicales, que con una muy buena posición de partida y condiciones intelectuales más que medianas dedicaron gran parte de su tiempo a causas perdidas, o en todo caso se despreocuparon absolutamente de la acumulación de capital –no era un objetivo de su paso por este planeta-, y aquellas otras que pusieron todas sus artes y saberes al servicio de la especulación, quizás legal pero difícilmente consonante con los ideales de equidad pretendidamente defendidos. En el PSOE existen ambos perfiles y lo mejor para deshacerse de los del segundo tipo no es hacerlos embajadores en el Vaticano.

 

Conscientes de que en el restringido marco en que nos movemos es muy poco lo que se puede hacer para cambiar el mundo, a los votantes exquisitos -pero no cadáveres- les gustaría tener alguna disculpa para votar en próximas convocatorias, aunque la derecha entonces ya hubiera bajado del monte, aparcara el monotema instrumental del terrorismo e, incluso, se declarara atea.

 

Xenaro García Suárez es profesor de Economía y doctor en Filosofía.

El desafecto Catalan

Dicen que una imagen vale más que mil palabras:

¿Preocuparse u ocuparse?

 

La realidad circundante, la próxima y la lejana, es de una crudeza cruel. Además, no deja cuartel. Todos los días nos abofetea esa realidad en pleno rostro dejándonos sin aliento… ¿Buenas noticias? ¡Sin duda debe haberlas, pero ¡es tan difícil encontrarlas!

 

Veamos algunos ejemplos:

Los precios de los alimentos y en general de los productos de primera necesidad se siguen disparando. Dicen que es por la subida del petróleo y por los biocombustibles… Pero al pasar de pesetas a euros, esos mismos artículos subieron más del 70% y nadie dijo nada… Entonces gobernaba el PP y España iba bien… Pero lo cierto es que equipararon el valor de un euro a 100 pesetas en lugar de a 168.386 que era el que decían. El poder adquisitivo descendió en un 70% durante los años 2002 y 2003 y todo el mundo callado. Por ejemplo, el Gasoil de automóvil, pasó a costar de 82 pesetas a 82 céntimos de euro sin que hubiera subido el petróleo, y la clase política, ni “mu” al respecto… La ciudadanía, aborregada como estamos, también callábamos…

 

En Barcelona –y en Madrid- se prohíben –o no se autorizan- manifestaciones antifascistas, mientras las manifestaciones franquistas y neonazis son autorizadas y campan por sus respectos. En la manifestación antifascista de Barcelona, ayer, los mossos de escuadra arremetieron contra los manifestantes, resultados: 10 mossos heridos y siete jóvenes manifestantes detenidos. Pareciera que ser “antifascista” –que es lo que tendríamos que ser todos los seres humanos con dos dedos de frente-, es algo terrible, algo temible y además, es antisistema y de ultra izquierda; mientras que ser neonazi, franquista o fascista, es algo baladí “casos y cosas aisladas”…

 

Parece que ETA podría estar preparando un atentado contra el trazado del AVE vasco…

 

Esta madrugada, en Benalmádena, Málaga, han apuñalado a un menor de 15 años en una zona de discotecas y copas… (La noticia no explicita quién Apuñaló, ni el por qué).

 

El ciclón ‘Sidr’ disminuye su intensidad y deja cerca de 2.388 muertos en Bangladesh Existen 3,2 millones de desplazados, el número de desaparecidos aún no se ha fijado, pero son miles y estas cifras son sólo provisionales.

 

Un atentado en Afganistán, deja más de una docena de muertos…

El Ejército estadounidense, respaldado por helicópteros y artillería pesada, atacó a los milicianos pro talibán en el norte de Pakistán, y mataron a más de 40 seguidores de un clérigo rebelde, según informaron hoy fuentes militares…

 

En Palestina, el conflicto palestino-israelí no tiene visos de solucionarse y la paz sigue siendo ingrávida. Seguro que encontraremos en las noticias algún ataque armado del uno hacia el otro y viceversa…

 

Y el pan nuestro de cada día:

 

Irán. No sé cuantas decenas y decenas de muertos habrá habido hoy, pero fijo que un par de decenas de personas -mayoritariamente civiles, y casi siempre mujeres y niños-, mínimo que caen…

 

En 20′ podemos leer: La ONG Intermón Oxfam hizo público el informe “De Interés Público” que revela que cada minuto mueren en el mundo tres niños a causa de la diarrea provocada por beber agua en mal estado y 1.400 mujeres al día por falta de asistencia médica durante el embarazo o el parto… Y no hablemos de los niños, mujeres y hombres que además mueren de hambre…

 

…y paro, no porque no sepa más que decir ni que escribir, paro para no saturar, porque si quisiera saturar, podría, ya que de guerras, asesinatos por racismo y xenofobia, conculcación de derechos humanos a gran escala, catástrofes naturales, miserias varias, politicastros falsos y mentirosos, estafadores, corruptos, y un largo etcétera, está el mundo plagado, y nuestro entorno cercano no es ni siquiera, la excepción que confirme la regla.

 

Y ¿todo esto a que viene? ¿A un intento malévolo por mi parte de preocuparlos y amargarles el domingo y la semana entrante? Decididamente no. Viene, justamente a sugerirles que tomen conciencia de que “pre-ocuparse” sólo sirve para empeorarlo todo y fastidiarnos nuestra salud. Hace mucho tiempo que aprendí eso: que “pre-ocuparse” no sirve de nada.

 

Lo que si sirve, y mucho, es “ocuparse”. ¿Cómo? Pues de mil maneras, cada uno de la que quiera, pueda y decida. Pero hay que ocuparse. La preocupación tiene el mismo valor que la indiferencia y el pasotismo: no solucionan nada. Los problemas siguen. Sólo el ocuparse es caminar en la buena dirección. Al principio de este artículo les decía que era difícil encontrar buenas noticias, noticias que nos hablen de soluciones halladas y encontradas… Pero las hay, seguro que sí, ¿y saben ustedes quienes son los responsables de que esas buenas noticias puedan ser una realidad? Personas que se ocuparon, que siguen ocupándose, que dejaron de “pre-ocuparse” y pasaron a ocuparse, y afortunadamente, los “ocupados” crecen aunque no sean muy conocidos, aunque ese ocuparse discurrqa en silencio…

 

Una ciudadanía “preocupada” sigue siendo igual de indefensa, igual de borrega, igual de útil para los que la quieren manejar a sus antojos. Una ciudadanía que se responsabiliza, que se posiciona y que se ocupa, deja de ser una ciudadanía manipulada.

 

De manera que ustedes verán lo que prefieren.

 

Hannah. Noviembre de 2007

Nadie te regala nada nunca

La revolución empieza cuando aprendes a vivir dentro de tu piel y dejas de creer a los que gobiernan.

 

Estoy cansado de decirlo en voz baja, en voz alta, con un silencio amable, con un silencio feroz, con las manos abiertas, con el fuego de las noches rotas, con la prisa de los árboles enamorados… el mundo y la vida es maravillosa a pesar de la gran cantidad de terroristas e indeseables que nos gobiernan, que nos intoxican y envenenan con sus patrañas y zafiedades…

 

Luchar contra las hordas terroristas que desgobiernan y condenan a la miseria, al dolor, a la pobreza al 90 por ciento de la población mundial… significa, simple y claramente, que necesitamos urgentemente querer vivir con la debida y necesaria dignidad TODOS Y CADA UNO DE LOS DÍAS DE NUESTRA VIDA REAL.

 

El imbécil que piense que los derechos y beneficios que tiene ahora son fruto de la nada o concesiones gratuitas, realmente demuestra que es un perturbado, un tonto útil, un descerebrado…

 

La jornada de 8 horas, las vacaciones, el derecho a la educación… son derechos logrados gracias al sudor, a la sangre derramada por miles, por millones de activistas y trabajadores comprometidos…

 

Nadie nos regala nada, ni siquiera una sonrisa, un abrazo. Hay una secreta ley de la reciprocidad que debemos cumplir siempre. Aquellos que se crean las mentiras y barbaridades que difunden los medios de comunicación, están demostrando que carecen de autoestima y dignidad para vivir como seres libres y conscientes. Evidentemente ese tipo de personajes, que se dejan manipular, no son dueños ni de su piel ni de sus pensamientos, emociones, palabras… son los nuevos “muertos vivientes”, esos que votan religiosamente a otro tipo de descerebrados, esos doctos descerebrados que tienen un primo que habla del tiempo y del cambio climático, mientras bebe compulsivamente copas de buen vino, a la par que engulle varias tapas, cocinadas según las normas del diseño tan en boga en los círculos cursis y ñoños…

 

Nadie en su sano juicio puede desdeñar y renunciar a vivir su propia y única vida con dignidad, gozando de sus privilegios y dones. Merece la pena vivir y soñar en un mundo, en una vida cotidiana mejor, pero para ello, hay que dejar de llevar camisetas del Che, dejar de ver y escuchar a las bandas terroristas que dirigen los telediarios y las emisoras de radio tradicionales…

 

La revolución empieza en tu cama, en tu cocina, en tu forma de vestirte, en tu forma de mirar, en tu manera de pensar y de hablar…

 

Aprender a ser tu propio DIOS, tu propio héroe, tu propio sueño, tu propia realidad, tu propio presente… es la misión de cualquier ser que realmente desea ser dueño y señor de su piel.

 

Antonio Marín Segovia.

Paciencia catalana

Felicidades a los ciudadanos de Catalunya por el estoicismo, la resignación, el aguante.

 

La paciencia, una virtud catalana. Si no fuera un pueblo tan resistente y sufridor, maltratado por burócratas de culo plano y risita amoniacal, hubiera desguazado los vagones de Cercanías, hubiera cortado las calles con barricadas, el aeropuerto habría sido asaltado por los escritores rezagados de Fráncfort y las ruedas arderían en las autopistas con columnas de humo negro, amenazador y maloliente. Pero no. Humildad y tolerancia. También ira, una ira sensata. Pero sobre todo civismo. Un comportamiento ejemplar que debiera de trascender. Durante el apagón veraniego se fundieron los semáforos en los cruces más transitados y no hubo ningún accidente. Ni uno. Cuando falla todo, la autogestión: pasa tú, paso yo.

 

Qué estafa. Catalunya se ha convertido en un gran agujero por donde el Estado español se cuela y desaparece.

 

Paciencia al despertarse, una o dos horas antes de lo habitual, para llegar a tiempo al trabajo. Las ojeras también identifican a un pueblo: explican que está agotado, harto, a punto de estallar.

 

Paciencia al subir al tren o al autobús, de incierto destino. Paciencia en la autovía porque es una masa de acero fundido, una línea continua de coches detenidos. Paciencia al encender la luz, cerrando los ojos como el jugador a la desesperada que apuesta a la ruleta con la última ficha. ¿Funcionará, no funcionará? Paciencia en el aeropuerto: hoy el avión tampoco saldrá según el horario previsto.

 

Paciencia al pagar. Porque las infraestructuras no chutan pero el catalán siempre, siempre paga.

 

PAU A

 

 

 

 

KomoTePasas

Lo llaman Sudaca de mierda, por tener acento pampero, pero si hay un Galego que defienda su tierra, su cultura y su lengua ese es KomoUnIsmo.

Tengo la satisfacción de poder contar con su amistad y me atreveria a decir que con su cariño.

Hace ya varios años que estamos en esa lucha inacabada e inacabable de la Izquierda, hace ya tiempo que con otros muchos construimos ese espacio alternativo de información que es el Proyecto Punto Rojo

Casi mejor que contaros algo de él, pasar por su casa y hacerle una visita, el estará encantado de recibiros, y os aseguro que vale la pena.

Elecciones 2007: ¡A la puta calle!

Dando vueltas al bolso, mareando el contenido de las ideas por si en los nuevos tiempos, encuentros, las combinaciones de las palabras o cualquier otra comunicación no verbal resulta sorprendente y resolutiva. Puede ser que lo este dejando, como la canción, pero mientras tanto abrazo la esquina.

Ni bombo, ni platillo, solo el ruido de la marea humana que se desfila por las calles en la manada. Hay diferencias de imagen entre los unos y los otros, los que poseen y arrastran a los que creen poseer, los que poseen y arrastran a los que saben que no poseen y a los que solo les queda la conciencia de clase, esa clase obrera, desmarcada, desclasificada en archivos remotos.

Solo nos queda la palabra, el subversivo gesto de revindicar el ser persona, el revolucionario respeto al otro que recibe el mismo derecho que tu por nacimiento, la rebelde posición de horizontalidad en el intercambio del lenguaje comunicacional que nos permite presentarnos como sapiens. La valentía de saber que tu individualidad se media y conforma en la pertenencia a la especie, que nadie tiene derecho a aplastarte, intimidarte, amordazarte, explotarte, que tu deber es su derecho y su saber el tuyo.

Al saberse puta, la calle nos pertenece como lugar común para festejar el cansancio de ser extraños, el hartazgo de todos aquellos que nos representan en este devenir que aborda el mundo como una venta de esclavos y pantallas, paginas y agendas que se van abriendo a lo largo del día, esa masa encefálica plana del precario bienestar que nos roba el sentido más común.

Tirarse a la calle, doloridos y esquinados en el transito de los conflictos internos de esta destrucción masiva, desplegando artes de persuasión con caídas de ojos, tacones de aguja, vestidos abiertos y lenguaje corporal desinhibido, por aquello de huir de la producción en cadena, que nos condena en cada paso del camino mercado.

A la calle, como acto multiplicado del artista que llevamos dentro, tango pausado, arrimado, doliente, apretado, abrazado, como deseo humano expuesto y contenido.

Putas, putos y mestizos, despojados, desnudos de nacimiento, descreídos… A la calle… deslizados en pasos de baile, apoyados en las esquinas del verlas venir, crecidos e inspirados en las lunas de las nadas… a seducir, a bailar, a laborar. A la calle… ¡A la puta calle!

LQS

¿Miedo?

Esta noche he tenido una pesadilla.

Sí, esta noche he tenido una pesadilla: estoy en una cola de gente. Estoy en la cola de un colegio electoral. Estoy en la cola de un colegio electoral, me voy acercando a la mesa, ya casi me toca, casi puedo acariciar la urna. Estoy a punto de meter el sobre cuando el presidente me tapa la raja de la urna y dice:

“Lo siento. No está usted en la lista”.

¿Está bromeando? No, resulta que habla en serio, puedo comprobarlo cuando pone la lista ante mí: mi nombre no aparece. El presidente de la mesa es muy amable, en mis pesadillas siempre hay un tipo muy amable. En esta pesadilla, el tipo amable es el presidente de la mesa electoral. El presidente de la mesa relee la lista de arriba abajo y de abajo arriba y al final dice:

“No es nada personal. No tenemos nada contra usted. Sabemos quién es usted, lo conocemos, sabemos dónde vive, lo apreciamos. No es nada personal. Hay otros casos”.

Me alivia la amabilidad de ese hombre, pero la gente que está detrás de mí empieza a quejarse, alguien grita que me quite de en medio:

“!Si no está en la lista, apártese de la cola!”.

Ya, ya sé, hay pesadillas peores, lo de convertirse en insecto y cosas así, pero a mí descubrir que no estoy en la lista me deprime. Ya sé que lo de votar casi siempre me da mucha pereza, ya sé que a veces no sabe uno a quién votar, pero eso también tiene su importancia, no saber a quién votar, cagarse en los candidatos y luego votar o no, pero tener derecho a hacerlo. Estar en la lista. Estar en la cola. Y salirse de la cola porque a uno le da la gana, y no porque alguien le grite a uno:

“!Si no está en la lista, apártese de la cola!”.

El caso es que el presidente, viéndome decaído, me dice, en un tono muy amable:

“Puede tratarse de un error. No somos perfectos. Vaya al Colegio Electoral Central. Es el corazón de nuestra democracia. El custodio de los derechos humanos. Si usted merece estar en la lista, ellos le incluirán. Ellos tienen la lista madre”.

“La lista madre”. Nunca había oído hablar de ella. Pero parece lógico que exista algo así, la madre de todas las listas. El caso es que, como a veces sucede en los sueños, de un salto llego al Colegio Electoral Central. El corazón de la democracia. El custodio de los derechos humanos. Siento una enorme gratitud al ver a todos esos hombres trabajando.

“Vengo a consultar la lista madre”.

Por el modo en que se miran, me doy cuenta de que ellos sospechan que no, que no estoy en la lista madre. Y es así: no hay en la lista rastro de mi nombre.

“No es nada personal”, me dicen amablemente. “No tenemos nada contra usted. Sabemos quién es usted, lo conocemos, sabemos dónde vive, lo apreciamos. No es nada personal. Hay otros casos”.

Me empieza a molestar tanta amabilidad. Todos son muy amables, pero ¿por qué será que siento que me están escupiendo? Si me conocen, si saben dónde vivo, si me aprecian, ¿por qué no estoy en la lista?

“¿No será que usted no nació aquí?”, me dice uno de ellos.

La verdad es que no lo recuerdo. No recuerdo si nací aquí o fuera de aquí, ¿qué significa “aquí”?, hace mucho tiempo de eso, toda mi vida, ¿qué importancia tiene aquello a estas alturas? Supongamos que no, que no hubiese nacido aquí.

“Si uno no ha nacido aquí, ¿qué hay que hacer para entrar en la lista? ¿Hay algún examen? Estoy dispuesto a esforzarme. ¿Es un problema de dinero? He oído que algunos futbolistas consiguen, en un tiempo récord…”.

A ellos no les gusta que lleve por ahí el tema, no les gusta que les hable de los futbolistas.

Todos empiezan a hablar a la vez. Uno dice “Democracia”, otro “Derechos humanos”, otro “Constitución”… Como hablan a la vez, yo sólo oigo “Bla-bla-bla…”. Hasta que uno consigue imponer su voz sobre las demás y dice:

“No se deje confundir. No es nada personal. No tenemos nada contra usted. Sabemos quién es usted, lo conocemos, sabemos dónde vive, lo apreciamos. No es nada personal. Hay otros casos”.

Empiezo a pensar que sí tienen algo personal contra mí.

“No sean tan amables conmigo y hagan el favor de incluir mi nombre en la lista. ¿O es que tienen miedo a que yo vote?”.

A ellos les disgusta esa pregunta.

“¿Cómo se le ocurre hablarnos en ese tono? ¿Nos habla así y pretende votar? Nosotros lo estamos tratando con respeto. No le recordamos a cada momento que es usted extranjero, no le preguntamos a cada momento dónde nació, le hemos dado hospitalidad y usted nos paga así nuestra hospitalidad. Cómo se ve que no es usted uno de los nuestros. Da miedo pensar qué haría usted con su voto, si le dejásemos votar. Da miedo”.

Así que tenía yo razón, me digo, tienen miedo de mí y de mi voto. ¿Por qué? ¿Quién tiene miedo a que yo vote? ¿Quién tiene miedo a que yo vote? ¿Quién tiene miedo a la democracia?

¿Quién tiene miedo a la democracia? Noto que me estoy despertando, porque las palabras se quedan colgadas en el fondo de mi cabeza, se repiten como un eco en la cabeza, ¿quién tiene miedo a la democracia?, ¿quién tiene miedo a la democracia?, ¿quién tiene miedo a que yo vote?, ¿quién tiene miedo a que yo vote?, ¿quién tiene miedo a que yo vote?

Juan Mayorga

Un sable, un voto

Dada mi ignorancia de la cosa política me pareció una interesante iniciativa la de compartir el voto. La propuesta la ha hecho SOS Racisme y consiste en emparejarte -electoralmente- con un extranjero que viva en Cataluña pero no pueda votar en las municipales, y hacerlo tú por él. Me puse en contacto con la organización y una joven muy simpática me explicó los pormenores: “Si se cede es con todas las consecuencias y la persona que comparte debe ser realmente la que elija el voto. Usted se limita a acompañarle e introducir el sobre en la urna. Si ya sabe de alguien con quien compartir lo puede hacer, y si no le buscamos pareja”. La pareja no te la atribuyen hasta el mismo 27-M, así que me puse a buscar por mi cuenta. En el barrio gótico abordé a un espigado africano y le pregunté directamente si quería mi voto. Se mostró sorprendido e incluso algo alarmado. Era senegalés y no tardó en aducir una excusa para seguir su camino. Tampoco tuve suerte en el Raval, donde uno se siente como Hugh Gough, de la caballería ligera, en Lucknow durante el Mutiny, y donde un grupito de paquistaníes declinaron uno por uno votar conmigo, entre risas nerviosas.

“Si quieres voto yo por ti”, me dijo al verme abatido y explicarle la razón -nadie me quiere electoralmente- Imre Dobos, mi maestro húngaro de esgrima. Es cierto que, pese a sus ancestros nómadas y su aire de guerrero escita, Imi pertenece a un país comunitario y legalmente podría votar, pero, me explicó, le había pasado el plazo. Me pareció bonito cederle mi voto a alguien tan austrohúngaro como él, lo más cercano a delegar en el conde Almásy. “¡Qué bien, votaré a Portabella!”, exclamó. Me quedé de piedra -¡mi voto para el candidato en albornoz!- y pensé en retirar ahí mismo el ofrecimiento y emparejarme con un tendero chino. “Es broma, no es mi tipo electoral”, rió. Le pregunté qué esperaba del nuevo alcalde. “Que arregle lo de la seguridad”. Que lo dijera un corpulento maestro de esgrima me hizo pensar que las cosas estaban en la calle peor de lo que creía.

Imi se quejó también de la poca ayuda que recibe para cuidar de sus pequeños gemelos y de la falta de guarderías públicas. Él y su mujer peruana, Keila, que es ortopeda (gran pareja para un esgrimista), han de hacer malabarismos para trabajar y ocuparse de los niños. Yo reivindico desde aquí que alguien ayude a Imi para que pueda descansar bien y no se nos ponga de mal humor en clase con el sable en la mano, que es un trance, señores. “Creo que utilizaré tu oferta para votar a los comunistas, a IC”, concluyó Imi. Dijo eso, comunistas y no ecosocialistas. Me extrañó, porque él, precisamente, se escapó de Hungría en el 82 mientras hacía la mili llevándose incluso el uniforme. Diablos, Imi, ¿pero no detestabas a los comunistas y hasta tenías dos tías que habían militado en la Cruz Flechada de Szalasi? “¿Yo? Qué va, si hasta fui secretario del partido en la escuela de esgrima y miembro del Konsomol”. Todavía faltan días hasta las elecciones, pero Imi se ha tomado mi voto con una gran ilusión, y ahora cualquiera se lo quita.

Jacinto Antón 15/05/2007

Yo acabo de apuntarme aqui

El Mundo en miniatura

Tan real que da escalofríos:

Gracias a LaProfe