Paciencia catalana
Felicidades a los ciudadanos de Catalunya por el estoicismo, la resignación, el aguante.
La paciencia, una virtud catalana. Si no fuera un pueblo tan resistente y sufridor, maltratado por burócratas de culo plano y risita amoniacal, hubiera desguazado los vagones de Cercanías, hubiera cortado las calles con barricadas, el aeropuerto habría sido asaltado por los escritores rezagados de Fráncfort y las ruedas arderían en las autopistas con columnas de humo negro, amenazador y maloliente. Pero no. Humildad y tolerancia. También ira, una ira sensata. Pero sobre todo civismo. Un comportamiento ejemplar que debiera de trascender. Durante el apagón veraniego se fundieron los semáforos en los cruces más transitados y no hubo ningún accidente. Ni uno. Cuando falla todo, la autogestión: pasa tú, paso yo.
Qué estafa. Catalunya se ha convertido en un gran agujero por donde el Estado español se cuela y desaparece.
Paciencia al despertarse, una o dos horas antes de lo habitual, para llegar a tiempo al trabajo. Las ojeras también identifican a un pueblo: explican que está agotado, harto, a punto de estallar.
Paciencia al subir al tren o al autobús, de incierto destino. Paciencia en la autovía porque es una masa de acero fundido, una línea continua de coches detenidos. Paciencia al encender la luz, cerrando los ojos como el jugador a la desesperada que apuesta a la ruleta con la última ficha. ¿Funcionará, no funcionará? Paciencia en el aeropuerto: hoy el avión tampoco saldrá según el horario previsto.
Paciencia al pagar. Porque las infraestructuras no chutan pero el catalán siempre, siempre paga.

